De pequeño me enseñaron que el orden de los factores
no altera el producto.
Pero todo el mundo sabe que la cocina es algo más
que pura matemática.
Por ejemplo, si tenemos una cebolla, una mano y un cuchillo, dependiendo de cuál sea el orden en el que se superpongan estos elementos, obtendremos finalmente un revuelto,
una ensalada o una carnicería.
En cualquiera de los tres casos,
eso sí, terminaremos llorando.
¿Será precisamente éste el sentido último de aquel
principio que me enseñaron de pequeño?

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