Recién había parado de llover y el cielo se despertaba con resaca
de la opulencia triunfal de rayos y truenos de la noche pasada.
Un abanico tonal de manchas grisáceas, azuladas, plúmbeas
se descubría al mirar por la ventana.
Los campos de lavanda
estallaban en su propio color, contrastando todo el paisaje.
Empujó los ventanales con ansia y aspiró profundamente
los restos de humedad, el perfume de la tierra
y la armonía de los silencios.
Ahora sabe que está en el lugar preciso.


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