Espectros al amanecer.
Siempre me han gustado las centelladas intensas que me encuentro
en el camino, de madrugada.
Cuando un color unívoco e inapelable silencia ruidos
y calma respiraciones.
Tal pareciera que los árboles hubieran nacido simplemente
para dejarse colgar velos nupciales.
Ese instante preciso y casi imperceptible en que la frontera entre la luz que llega de algún lugar lejano y la tonalidad implícita
de la helada no se da ya.
Nunca vi tal claridad que ocultara la gama del arcoíris
de la naturaleza y de las cosas, como si éstas nunca hubieran existido.
Y la arbolada, mostrándose soberbia e íntima.
Allá donde se vuelve recóndita la savia y se aletarga para sorprendernos nuevamente a la vuelta de la próxima estación.
No hay larga espera.
No hay nada que esperar:
la belleza está ante mis ojos.
Un pulso a la multiplicidad de luces, que ahora se singularizan.
Sin perder expresión.
Hablando de otra manera.

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