Se sabe que los colores de la noche se han ido.
Se sabe que la noche no es negra, sino una carencia.
Por eso se sueña, para llenarla de lo posible.
Como en la vida que llamamos incorrectamente real,
los colores hay que ponerlos.
No vienen dados porque sí.
Y aunque los objetos, desde el sol que nace hasta la sonrisa de un niño, tienen matices, si tú no los buscas no te son revelados.
Como la materia del color, tal se manifiesta la textura de los sueños.
Pero los sueños, ya se sabe también, pronto, un día perdido
de tu adolescencia, huyeron de tu cama para crecer entre
tu ser erguido y rebelde.
Y oscurecerse.
Urdieron tus inquietudes.
Y ya desde entonces no distingues con facilidad la luz y las sombras, porque tú mismo no eres claro.
O es que no saliste jamás del sueño.
Y a estas horas de silencio has abierto una página
de aquel libro de tapas duras...
Que todos llenamos en el aquí.

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