Es significativo que muchos sistemas complejos se definan por su fragilidad, por su extrema dependencia a una minúscula parte.
Es el caso de la mayoría de nuestros artificios electrónicos, en los que la avería en una pequeña pieza los hace inservibles, y también es el caso de nuestros sistemas socio-económicos.
¿Qué pasaría si careciéramos de luz eléctrica, pongamos por un mes?
En esto, los sistemas vivos superan con mucho a nuestros productos.
Un ser vivo sólo se rompe cuando se dan una serie de errores graves, teniendo una enorme tolerancia a fallos en sus partes constituyentes, autorreparándose continuamente
(si es que acaso un ser vivo no se defina exclusivamente por ser un sistema de autorreparación).
De la misma forma, la teoría del caos nos dice que existen determinados sistemas en los que un pequeñísimo cambio en las condiciones iniciales puede tener graves consecuencias en el resultado final.
Un sistema caótico es el sistema más frágil por definición.
Quizá, si el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo, talar un solo árbol podría tener consecuencias desastrosas, a fortiori si el sistema medioambiental se caracteriza por su inestabilidad y desequilibrio.

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