Pero la luz no quiere ser cautiva de los dramas de los hombres.
Vuela, se expande, busca lo ilimitado.
O al menos persigue otros límites menos enredadores,
donde pueda ser acogida sin que las telarañas de los humanos
la envuelvan y la desvirtúen.
Ella nunca les faltará, su generosidad está fuera de duda.
Mas también su independencia,
su arraigado sentido de la manifestación permanente.
Regida por imperativos diferentes, flota como única razón de ser.
Y mientras la órbita en que giran los planetas no varíe,
mientras la estrella incandescente no se rinda, ella pertrechará
con su fruto el mundo de las mil vidas.
Desembarazada del capricho de los pequeños habitantes
de allá abajo, traza su espiral liberadora.

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