miércoles, 16 de febrero de 2011

Aquella senda...


No se desplaza la luz sino la senda. 
La inestable base que sujeta nuestros pies
 y amortigua la aspereza
 con que la vida pone a prueba cada día.

 Se desplazan las aguas subterráneas, 
y el magnetismo que polariza
 los ritmos de todo lo existente, y las raíces que hablan lenguajes ocultos, y la floresta y el vacío de los árboles desnudos, 
y el piar que ha migrado hacia otros paisajes. 

Y en ese movimiento, que no depende de que se mire o no se mire,
 los seres se sienten tocados. 
Tibias mañanas de luz de invierno.
 Tamizan más que los objetos. 
La visión de las cosas, la aparición de lo recóndito, 
la revelación de los enigmas. 

Esta luz que hace crecer, aunque no se agradezca 
con las frágiles palabras de la especie. 
Da igual esperar a los frutos. 
La senda no para y es bueno sentirse en ella.


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