Seguro que recuerdas a Dolly, aquella bola de lana que pasó a la posteridad por ser la primera oveja clonada…
Pues bien, ¿te imaginas comerte sus costillas?
¿O tomar un queso elaborado a partir de su leche?
Si te da un poco de cosa, ya puedes ir cambiando el chip, porque lo cierto es que la posibilidad de que terminemos zampándonos un churrasco, un estofado o un chorizo de clon es menos remota de lo que pudieras sospechar.
De momento, para abrir boca, lo que sí puedes ingerir es la carne y la leche de las crías de vacas, cabras y cerdos clonados.
Para hacerlo, solo tienes que irte a Estados Unidos, donde el pasado mes de enero, la FDA –tras seis años de moratoria e intensos estudios–, dio finalmente luz verde a la comercialización de este tipo de productos.
En un informe de cerca de mil páginas, este organismo concluye:
“No hay evidencia alguna que sugiera que el consumo de la carne
o la leche procedente de animales clonados entrañe riesgo
para la salud”.
Ni siquiera considera necesario un etiquetado especial que informe
al consumidor de su origen.
Pero recomienda que, por el momento, los clones no entren
en la cadena alimentaria: solo puede hacerlo su descendencia.
Los pioneros en el mundo
Bioterneras
Más de la mitad de los animales clonados que hay en el mundo son vacas.
Se usarán como ejemplares de cría para producir camadas que proporcionen carne y leche de gran calidad.
Como Dolly
Estas ovejas escocesas son clones de la estirpe de Dolly.
La madre de todas descansa, disecada, en el Museo de Edimburgo,
pero murió llena de achaques.
Sus descendientes no los tienen.
Cabaña clon.
En el Laboratorio de Tecnología Reproductiva de Cremona, Italia, clonan vacas que producen mucha leche
En la imagen, con Stella Cometa, madre de Prometea, el primer equino clonado del mundo




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