Le echaron del taller porque comenzó a devorar todo lo metálico de forma compulsiva.
Empezó con unos clavos, a lo que siguieron martillos y puntas,
limas de hierro, aceite industrial y la lija del quince.
“Es un buen digestivo, te deja el estómago lisito”, aseguraba.
Se puso hecho un tanque y el médico le obligó a hacer una
dieta estricta de tuercas y arandelas, pero por las noches
se levantaba, abría la caja de herramientas y engullía varios tornillos.
Finalmente lo
ingresaron en una chatarrería.

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