La bruja de Blancanieves, arruinada por su derroche en caros tratamientos cosméticos y operaciones de estética, no se pudo resistir
a la millonaria oferta que le hizo Narciso
(adicto al gimnasio y ávido acaparador de piropos)
para comprarle su espejito mágico, por lo que la señora tuvo
que hacerse con otro artilugio agasajador.
Tras una agotadora búsqueda en el mercado de segunda mano.
Drácula le ofreció un ejemplar gótico de cuerpo
entero por una ganga.
“Lo tengo en oferta por falta de uso”, le explicó el conde,
que lucía un aspecto deplorable y abandonado,
con barriga desmesurada e hirsuto entrecejo.
Nada más llegar al palacio, la bruja se enfundó un traje brillante
de Versacce y preguntó a su nueva adquisición:
“¿Quién es la más guapa del reino?”
Una pícara niña con minifalda de colegiala echó el aliento
sobre el cristal, y mostrando su dedo a la bruja,
escribió en el vaho desde el otro lado del espejo: Alicia.


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