Cuando el sol apagado de Transilvania comienza a encender
la niebla, el conde Vladimir se asoma al río para limpiarse
los rastros de sangre que le quedan en la boca,
pero el reflejo de su rostro se sumerge en el agua escarlata.
Desconcertado, Vladimir lo sigue de cerca,
corriendo por la orilla, mientras esquiva los cientos de empalados
que marcan el camino hacia su castillo.
Al llegar a sus aposentos, abre la portezuela de la sala principal
y se acerca al gran espejo que sus hordas sustrajeron
de aquella catedral moldava.
El reflejo del conde se gira hacia él con un crucifijo en la mano y, como alma que huye del diablo,
desaparece para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario