sábado, 23 de abril de 2011

Relatos góticos...



Cuando el sol apagado de Transilvania comienza a encender
 la niebla, el conde Vladimir se asoma al río para limpiarse 
los rastros de sangre que le quedan en la boca,
 pero el reflejo de su rostro se sumerge en el agua escarlata. 

Desconcertado, Vladimir lo sigue de cerca, 
corriendo por la orilla, mientras esquiva los cientos de empalados
 que marcan el camino hacia su castillo. 

Al llegar a sus aposentos, abre la portezuela de la sala principal 
y se acerca al gran espejo que sus hordas sustrajeron
 de aquella catedral moldava. 

El reflejo del conde se gira hacia él con un crucifijo en la mano y, como alma que huye del diablo, 
desaparece para siempre.

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