CUANDO acabó de abrir el pecho agonizante
de Francisco de Aguirre y Cortés de las Casas sobre la gran piedra negra
de los sacrificios, comprendió horrorizado que deberían transcurrir muchas lunas para que aquellas tierras de la intrincada selva centroamericana volviesen a gozar del favor de los dioses;
aquel conquistador inmisericorde
y sanguinario carecía de corazón.

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