

Inexpertos de amor se dieron cita,
una tarde cualquiera,
en un bar de la calle Centenera,
cuando el frío de agosto deshabita;
con paciencia bendita
sortearon los azares de la espera,
él volvía de alguna balacera
y ella, rosa marchita,
traía en el trajín de la cartera
una lluvia de olvidos infinita
y un rescoldo de hoguera.
La suerte de los dos estaba escrita,
lo que el dolor no quita,
a la larga retoña primavera.
Del libro Oceanario.