Me pregunto si el viaje habrá sido en vano.
Yo creí que habría alguien, pero ahora descubro que nadie ha venido recibirme. Ningún rostro conocido, ni un gesto de bienvenida.
"¿Hay alguien ahí?" -pregunto, pero sólo oigo mi voz que retumba en la bóveda de la estación.
Confiaba en que algún familiar me recibiera con un abrazo y me indicara
qué debo hacer ahora. Nunca había estado aquí, creo.
Parece evidente que todo era una farsa urdida por charlatanes.
Cruzo el espacio en dirección a la puerta de salida y mis pasos resuenan
en la estancia con eco metafísico.
Ni un cartel, ni un conserje mal encarado.
Nada. Siempre me ha crispado la mala educación.
Estas no son formas de recibir a un alma perdida.