martes, 19 de febrero de 2008

Embolia Cerebral.


Son las 6 de la mañana y debo ir a mi trabajo, una de las tantas rutinas que debo llevar en este nuevo día, rutinas, rutinas, rutinas, rutinas…

Me levanto, me ducho, desayuno, beso a mi mujer, llevo mis peques al colegio y luego al trabajo… El jefe no me saluda, tampoco la Susy, ¿qué pasará? me pregunto, ¿no me habrán visto?, bueno la vida es así, y la gente tiene sus cambios digo yo.

Voy derecho a mi escritorio, cuando oigo una vocecita que me dice ¡Hola!, ¿cómo estás?

Miro para todos lados como tratando de identificar esa voz tan melodiosa… ¡parece que fue mi imaginación!!! ¡Vaya qué cosa!

Continúo con la tediosa rutina de revisar los papeles que me dejó mi jefe para tramitarlos ante el Banco… ¡Hola! ¿Cómo estás? vuelvo a escuchar… Y nuevamente no veo a nadie.

De pronto sobre mi cabeza siento un cosquilleo, como si alguien rozara mi cabello… ¡Hola! ¿Cómo estás? me repite esa misteriosa vocecita. Pero ahora agrega algo más: soy Merali de Wernak.

Me sorprendo pues creo que me estoy rayando. Me dirijo al espejo y miro sobre mi cabeza… ¡Carajo! Exclamo y pregunto a la vez ¿Quien sos..? Entonces me doy cuenta de algo fuera de lo común mas allá de mi pastosa rutina… Es una diminuta muchacha, casi del tamaño de mi pulgar, con alas transparentes, de grandes ojos negros y tez violeta, que despide colores iridiscentes.

Esta vez ella me dice con una tímida sonrisa: tal vez no me creas, pero llegué aquí por accidente y necesito regresar a mi mundo…te ruego me ayudes a hacerlo, mi nave se descompuso y tengo solo cinco minutos para retornar a mi ciudad natal, de no ser así estaré condenada a permanecer hasta mi muerte en tu mundo.

Mi corazón había comenzado a latir fuertemente, esa pequeña aparición era real, tan viva como yo lo soy y me pedía ayuda. Merali me indicó donde estaba su nave, un artefacto en forma de cenicero, como construido de cristal.

En ese instante, Susy irrumpió súbitamente en mi oficina, preguntándome con quién estaba conversando, lo cual negué rotunda y nerviosamente….creo que estás equivocada amiga, acá no hay nadie! Bueno dijo Susy, igual vine por que mi jefe quiere un cenicero, por lo cual me llevo este que tienes en tu escritorio.

Noooó… Grité nerviosamente, no te lo lleves, tal vez lo ocupe luego, pues fumaré otro poco.

Susy un poco sorprendida me miró fijamente diciendo: ¡Oye! ¿Eres tonto o te haces..? Tienes dos ceniceros en tu oficina y no puedo llevar éste! a lo que mi compañera tomó el “cenicero” para llevárselo, tal como lo había anticipado. Fue ahí que tomé la mano de Susy con intención de quitarle el objeto y en el forcejeo, este cayó por la ventana y se perdió en el vacío.

Yo estaba estupefacto, la pequeña nave que Susy confundió con el cenicero se había esfumado, lo cual comprobé al bajar al primer piso donde supuestamente cayó.

No había nada de nada y yo con una mirada perdida, como vagando en la nada no podía entender lo que me había pasado. Un ser, una nave, otro mundo… Una lejana vocecita, su eco, permanecía en mi mente… Gracias amigo por salvar mi vida, he regresado a mi mundo, y mis padres te lo agradecen de todo corazón, volveremos a vernos!

Después de esto, todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor y mi cuerpo cayó al piso de la oficina.

Algo desvanecido, sentía un lejano ulular de una ambulancia que me trasladaba no sé donde.

De pronto sentí un fuerte golpe eléctrico que me puso los pelos de punta, estremeciendo mi cansado cuerpo… Abrí los ojos y me encontré tendido en una helada mesa de un pabellón quirúrgico, escuchando a unos enfermeros que decían: oye!, este tipo no tiene remedio, está mal de la cabeza, lo único que hace es hablar de Merali, Merali… No entiendo nada de esto, porqué no le inyectas diazepina otra vez, pero de 200 mg., tal vez reaccione mas tarde y pueda salir de ese estado calamitoso el pobre.

Una hipodérmica clavó mi brazo y lentamente caí en un profundo sopor, sentía como si yo me alejara flotando desde mi cuerpo, y una agradable y potente luz me llevara no se donde; me vi flotando dentro de una atmósfera azulada, grata, de gran paz, y sentía que mi tamaño en ese momento se había reducido al tamaño de un dedo pulgar… Ví que Merali, junto a sus padres y un hombre anciano con atuendos ceremoniales me estaban esperando. La ceremonia de recepción se efectuaba en el corazón de una ciudad de edificaciones al parecer construidas de brillante cristal; era el mundo de Wernak, mi nueva vida estaba comenzando. Me había liberado definitivamente de mi cuerpo humano y junto a Merali partíamos a nuestro nuevo hogar, más allá del planeta azul que sus habitantes llamaban La Tierra.

En el hospital psiquiátrico, un insignificante punto en un lejano planeta azul, el encargado de los registros anotaba el fallecimiento de Pedro Montes, cuyo deceso decía, se debió a una embolia cerebral.

Adolfocanals@educ.ar

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