martes, 19 de febrero de 2008

Ir a comprar el diario.



Me he puesto mi gorro de lana y mis guantes de cuero. Me agrada despertar muy temprano por la mañana e ir a comprar el diario. Además hoy es un hermoso día de invierno; muy parecido a los anteriores.

Las calles están vacías. Doblo una esquina y una brisa gélida me corta la cara. Camino un par de cuadras hasta llegar al puesto de diarios de don Esteban.

-¿Y Rubén cómo anda? –me pregunta.

-Bien ¿y usted?

-Con mucho frío –me mira como con furia.

-Hoy va a estar muy cruel –comento, y añado casi al unísono-; muchísimo más cruel que el invierno pasado…

-Muchísimo más cruel que el invierno pasado. Bueno aquí está su diario.

-Gracias Esteban –le pago y me retiro.

Mientras voy de regreso a casa, le doy una ojeada a la portada. El tema central de hoy parece ser un crimen: “Hombre muere baleado en un robo”, es el encabezado.

Alguien me empuja. Caigo violentamente. Las hojas del diario quedan desparramadas sobre el suelo. Antes de poder reaccionar, el caño de un arma es puesto delante de mi cabeza.

-¡Dame toda la guita que llevas encima!

-No traigo nada encima; sólo el diario…

-¿De qué me hablás? ¡La puta que te parió!, querés morir por tres pesos de mierda que te puedo sacar. Hijos de puta como vos no deberían ni nacer…

En cualquier momento va a dispararme; lo presiento. Intento verle el rostro pero el sol está por detrás de él y los rayos solares me enceguecen. Su dedo índice presiona sobre el gatillo. Está alterado. Agresivo. ¡Va a dispararme! Su rostro parece desvanecerse y el cielo brilla cada vez más. Un brillo intenso. Por Dios me va a matar. Me levanto con toda mi fuerza y lo embisto. Ambos caemos y rodamos por el suelo. Todo gira. Veo su cara. El celeste del cielo. De nuevo su cara. Le lanzo una piña. Los huesos de mi mano crujen al chocar contra su mandíbula. Intenta levantarse y me golpea cerca de la nuca con el arma. Lo atrapo con mis brazos. Quedamos cuerpo a cuerpo. Le aprieto el cuello. ¡Un tiro se escapa! ¡Dos! ¡Tres! Cae a mi derecha. Está herido; ensangrentado. Se levanta sin ejecutar muestra de dolor y se mira el brazo por donde traspasó la bala. La sangre cae a chorros encima del suelo. Mira los alrededores tratando de encontrar el arma. Yo tampoco sé dónde ha ido a parar. Se le nota muy nervioso. Sus ojos se clavan en mí con una furia enorme. Conozco esa mirada, ya me ha hecho dudar antes; ¡es igual a la de don Esteban! Quiero correr pero mi cuerpo no responde, el miedo me ha paralizado; no dejo de temblar. Empieza a correr hacia mí. Me arremete con brutalidad. Caemos. Él queda encima de mi cuerpo. Me tiene de cara contra el suelo. Debajo están las hojas del diario, dispersas por toda la vereda. Gotas de sangre caen sobre el papel, justo encima del encabezado de la portada. “Hombre muere baleado en un robo: El señor Rubén Acosta salía a comprar su diario cuando un delincuente lo interceptó y le disparó dos tiros a quemarropa, uno en el brazo y otro en la cabeza. No se hallaron rastros de lucha.” El papel de diario queda hundido bajo un charco de sangre.

Un vacío sobrenatural se apodera de mí. Todo comienza a desvanecerse. Me doy vuelta y miro un cielo cada vez más blanco y brillante.

Me he puesto mi gorro de lana y mis guantes de cuero. Me agrada despertar muy temprano por la mañana e ir a comprar el diario. Además hoy es un hermoso día de invierno; muy parecido a los anteriores…

Adolfocanals@educ.ar

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