
¿Dónde el espejo que nos devuelva la imagen desde lo más profundo de nosotros mismos? ¿Qué somos de constante en medio de tanto transcurso, de tanta mutación? No este cabello ni estas uñas. No esta palabra o este gesto. Sí el deseo, que no cesa y que nos mueve. Desear es acaso la actitud más permanente que tenemos en cuanto seres humanos, nuestro signo, nuestra brújula. El deseo nos pone en obra, nos moviliza, nos empuja, nos dirige, nos coloca en la situación de búsqueda. Nos arrastra como un aire que pasea hojas en el jardín.
El deseo es, en ese sentido, el reconocimiento de la incompletud humana, de la falta, de la ausencia, de que carecemos de algo.
Lo otro, lo que está fuera se torna, así, límite de lo posible y también el único espacio donde lograr la satisfacción del deseo.
El deseo nos arroja al mundo. El deseo nos expone a la angustia y a la esperanza.
Es en esa tensión que sobrellevamos nuestras fronteras, nuestro transcurso.
Simplemente ser Deseo.
El deseo es, en ese sentido, el reconocimiento de la incompletud humana, de la falta, de la ausencia, de que carecemos de algo.
Lo otro, lo que está fuera se torna, así, límite de lo posible y también el único espacio donde lograr la satisfacción del deseo.
El deseo nos arroja al mundo. El deseo nos expone a la angustia y a la esperanza.
Es en esa tensión que sobrellevamos nuestras fronteras, nuestro transcurso.
Simplemente ser Deseo.
Adolfocanals@educ.ar
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