viernes, 4 de julio de 2008

El punto.


Diminuto como una mota de polvo, el punto,
ese mínimo picotazo de la pluma, esa miga en el teclado,
es el olvidado legislador de nuestros sistemas de escritura.
Sin él, los viajes del Hobbit jamás se acabarían.
El punto corona la realización del pensamiento,
proporciona la ilusión de una conclusión, posee cierta altanería que surge,
como Napoleón, de su minúsculo tamaño.

Como estamos siempre ansiosos por empezar,
no pedimos nada que nos indique el comienzo,
pero necesitamos saber cuándo parar;
este pequeñísimo memento mori nos recuerda que todo,
incluso
nosotros, debemos algún día debemos detenernos.

adolfocanals@educ.ar

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