Ella sentía que alguien manejaba los hilos de su destino. Hilos que le ataban a ese destino. Hilos finos enredados entre sí y formando una sutil tela de araña que atravesaba su vida. Cuando vió pasar el navío pidió ayuda.
Él sintió su llamada de sirena agonizante, de libélula sin alas, de néyade sin reino. Con paciencia le enseñó a deshacer cada uno de los nudos, y ella con una sonrisa iba anudando cada uno de sus hilos a los de él. Nudos que no apretaban, nudos que se deshacían bailando y que ellos amorosamente volvían a unir.

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