Desde que había podido hilar letras formando palabras en su pueril voz, se le conocía la gracia de contar historias.
En más de una ocasión había deleitado a sus compañeros de juegos, que creían estar escuchando la lectura de algún libro, sin notar que todo era invención de su fantasiosa mente.
Ahora, ya con la edad, muchos de esos ratos de historias compartidas, eran los momentos de tendal de palabras, como le gustaba llamarlos.
Todos creían que era pura ficción, pero él, una a una iba guardando sus vivencias y las pintaba con palabras de color de utopía.
Había tantas personas, que tal vez sin saberlo la habían ayudado.
Por supuesto que había necesitado como todos alguna vez apoyo de muy distintas índoles.
Quien podría decir que en algún momento no había tenido alguna necesidad económica, que un buen amigo se hubiera brindado a cubrir.
Quien no había vivido alguna circunstancia adversa, en la que una mano amiga había dado cobijo a su agonía, o simplemente había llenado el silencio escuchando.
O quien podría decir que no había conseguido romper la frontera de un miedo , tal vez al que dirán, tal vez simplemente al que verán; valiéndose de un primer apoyo que decía y veía lo que no duele.
Quien no había sentido el calor de un simple todo bien? O como estás? Sintiéndolo como un saludo que va más allá de la cortesía y el cumplido.
Él había ido atesorando todos esos quien, como el arma imprescindible para ir tejiendo su historia.
Una crónica real, que luego regalaba en días de tendido de historias. Una cadena de letras que colgaba del tendedero con las hermosas pinzas de retazos de vivencias.
Así como la piel iba adquiriendo textura apergaminada, ganaba en historias.
Historias que tendía y dejaba secar al cobijo de quienes le ayudaban a seguir, siempre seguir...
Historias que tendía y dejaba secar al cobijo de quienes le ayudaban a seguir, siempre seguir...
adolfocanals@educ.ar

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