
Se subió al taxi y ordenó al chófer su destino... "su destino" esbozó una amarga sonrisa. Se aflojó el maldito nudo de la corbata, que le ahogaba... o quizás fuera su vida lo que le ahogaba hasta casi impedirle respirar. Abrió la ventanilla con un gesto mecánico, necesitaba aire urgentemente. Asomó su cara, y dejó que el aire fresco de la mañana le acariciara. Cerró los ojos y sintió las manos de ella recorriendo sus pómulos, su frente, su nariz, sus labios, su barbilla. Sonrió evocándola, pero una presión a la altura de su pecho le indicó que no era lo más apropiado.
No... ella no era parte de su destino. Así lo había decidido hacía una hora, cuando se levantó de su lado, y cerró la puerta para no volver nunca más. No era justo, pero así es la vida, se dijo apesadumbrado. De nuevo se le encogió el corazón pensando en lo que le esperaba. Su boca, atrevida, quiso abrirse para pedir al taxista que parara, pero su cerebro se lo impidió. "Su cerebro"... el gran regente de su vida, de esa vida que no le gustaba, porque no le hacía feliz.
Inmerso en sus pensamientos, miraba distraído por la ventanilla, cuando pararon en un semáforo en rojo. Su mirada reparó en un anciano desaliñado sentado en el borde de la acera. El anciano había confeccionado un montón de aviones de papel, que tenía entre sus piernas, cubiertas por unos pantalones sucios y remendados, y concentrado escribía palabras en ellos. El anciano alzó los ojos, y se encontró con los de él. Los dos permanecieron unos segundos absortos en el otro, y súbitamente el anciano rebuscó entre sus aviones, escogió uno, echó su aliento hacia la punta del mismo, y lo lanzó con fuerza... el avión entró por la ventanilla del taxi, justo cuando arrancaba.
El hombre, con manos temblorosas, tomó el avión, que yacía en el suelo del vehículo, abrió con delicadeza los pliegues que lo doblaban, y leyó. Su corazón palpitó con más fuerza de lo habitual, y luchó con su cerebro. Se incorporó en su asiento y mandó dar la vuelta al taxista. Una sonrisa afloró a sus labios, mientras volvía a leer el mensaje, y cerraba la ventanilla: ya no necesitaba más aire.
Su corazón sonrió, por primera vez en mucho tiempo ...
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