
La mujer se sienta al fondo de la sala vacía, a oscuras. El escenario está pobremente iluminado, un camarero se esconde en una esquina entre las sombras. Es mayor, encorvado, casi calvo, con ojos acuosos y manos temblorosas que esconde cruzándolas a la espalda.
Debajo del escenario dos hombres, ataviados con viejos esmoquines, tocan respectivamente el piano y el violín. Sólo para ella.
La mujer va vestida de blanco, un recatado vestido de gasa, el pelo negro cayéndole sobre los hombros. Tiene las piernas juntas, las manos sobre las rodillas, y se mantiene muy recta en la silla. Está esperando.
En silencio, un hombre cruza el escenario. Va vestido también con esmoquin, pero el suyo se ve reluciente. Lo adorna con una capa negra de forro rojo, un alto sombrero de copa y guantes blancos. Al llegar al escenario, se vuelve hacia la mujer, y le hace una ceremoniosa reverencia.
—Voy a necesitar un ayudante. ¿Le importaría ser usted?
Ella sonríe, y camina despacio hacia el escenario. El le tiende cortésmente una mano y la ayuda a subir. Inclina suavemente la cabeza, y ella hace una grácil reverencia.
—¿Qué tengo que hacer?
—Magia.
—Pensé que el prestidigitador era usted…
Por contestación, el mago vuelve a sonreír. Sus dientes son de madera, y cuando habla, suenan como ramas chocando movidas por el viento.
—Tengo estos dos trozos de cuerda y necesito unirlos. ¿Qué hacemos? Y tiende sus brazos hacia ella, sujetando en cada mano un cordón.
La mujer le mira de hito en hito.
—¿Han estado unidos alguna vez?
—Sí —contesta él.
—Entonces, quizá, podré volverlos a unir.
—¿Cómo?
—Lo recordarán. Removeré en su memoria, evocaré su pasado, aquel en el que formaban un sólo ente.
—Insisto… ¿Cómo?
—A través de las palabras.Cuando pronunciamos por primera vez una palabra en presencia de otra persona, la impregnamos con nuestra memoria, la hacemos nacer de nuevo sólo para nosotros. La primera vez que la utilizamos, su ADN muta, y se crea un significado único.
—Pensé que las palabras eran iguales para todos.
La mujer negó con la cabeza.
—¿No depende de quién la pronuncie?
—No —responde ella—, depende de con quién la utilices.
—¿Funcionará también con trozos de cuerda?
—Probemos… adolfocanals@educ.ar
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