
La primera noche que pasaron en aquella isla perdida, Iria sintió frío, aunque hacía calor.
Las estrellas lucían desnudas en ese firmamento de constelaciones desconocidas, los olores le cosquilleaban en la nariz, los sonidos le provocaban sobresaltos a cada momento.
No pudo dormir. Dio una vuelta a un lado, luego al otro, boca abajo, boca arriba, contó todas las estrellas que sus ojos veían. Sin resultado.
Cuando se incorporó buscó a Nelson. No estaba. Por un momento le sobrevino un ataque de pánico, pero luego, de forma instintiva, supo que él nunca se marcharía sin ella. Caminó por la playa hasta el barco encallado. Allí estaba, sentado sobre la proa, fumando, cabizbajo.
La vió venir y la siguió imperturbable con la mirada. ¡Qué pequeña se la veía! Dejo que subiera por ella misma a la nave, torpemente, y con alguna maldición por lo bajo.
Cuando llegó a su altura se sentó a su lado, encogida, rodeando las rodillas con sus brazos.
—¿Tienes frío?
Ella asintió, y se dejó cubrir por la chaqueta que él tendió sobre sus hombros.
—¿Eres un poco debilucha, verdad?
¡Error! Al instante de que dichas palabras surgiesen de su boca, supo que había metido la pata de palo que no tenía en un charco muy, muy hondo. Se preparó para la peor de las tormentas. Pero no vino. Eso le desconcertó. Intento buscar sus ojos en esa noche tan oscura.
—¿Porqué me miras así? Es cierto, soy poca cosa. Tu por el contrario pareces un lobo marino.
Nelson se echó a reír.
—¿De que te ríes?
—¡Qué cursi eres mujer! No has debido conocer a muchos marineros…
—A ninguno, para ser exactos. ¿Qué hacías en el puerto?
Silencio. Nelson gira la cabeza y escudriña el mar. Hoy no vendrá. Luego se decide y mira a Iria con tristeza.
—¿Quieres volver?
Silencio. Iria tiene un escalofrío, y se encoge aún más dentro de la chaqueta.
—En mi mundo, la cordura está atada con correas a una cama de manicomio. Las personas me dan miedo, tanto que me muestro exageradamente educada porque no sé de que otra forma comportarme con ellos. No, no quiero volver.
—Este mundo no es mejor. Miedo no les tengo, pero es como si les hubieran vaciado el alma, y tan sólo les quedara la cáscara del cuerpo.
—Yo estoy muerta. Tu mismo recogiste mi cuerpo sin vida.
Nelson la mira despacio y sonríe.
—¿Y entonces cómo crees que puedes estar aquí hablando conmigo?
—¡Ah, eso es sencillo! Tú también estás muerto.
—Para estar muerto, mujer, me late el corazón muy aprisa.
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