lunes, 22 de septiembre de 2008

Tiempo fugitivo.



Percepción 

Le angustia mirar el reloj. El reloj es consciente de esa angustia y se para. El tiempo se detiene. Pero no hay más paraísos que los paraísos perdidos y el reloj, compasivo, vuelve a marcar la huída de las horas.


Deletéreo

Él sabe que el tiempo no es una línea. Él sabe que el tiempo se comba, se enrosca, gira, se curva sobre sí mismo. Entonces es cuando cae sobre él el aguijón distal del escorpión y su veneno.

Hojas de acanto

No podía tocar las hojas de la memoria porque era un dolor escueto y agudo. ¿Qué dolor?, preguntó. El del tiempo, dijo. El tiempo del dolor de la memoria que está debajo de las hojas de acanto.





Reversión

Las manecillas de los relojes empezaron a girar hacia atrás. Dejó de pasar el tiempo, de haber futuro y las cosas se pusieron a andar hacia el pasado. Dejó de existir el decurso del mundo. Todo empezó a retroceder y como en un mal sueño, quedamos flotando en el líquido amniótico del universo, en un tiempo reversible.


Clepsidra

El cuerpo se fabrica y se derrumba con el tiempo de la clepsidra de agua. Entonces, la toma en las manos y la arroja al suelo como quien parte la columna vertebral del mensajero. Aparece el tiempo como una sucesión acuosa de perplejidades que discurre de forma inicua.


Tiempo detenido

Las fotos, sí. Las fotos guardan rostros y objetos detenidos. Instantes de luz congelados… la piel tan lisa de la cara de la abuela. Pero el papel no ha podido soportar el peso inexorable de los días y ha ido adquiriendo todas las tonalidades del palor, hasta llegar al sepia. El tiempo sigue, ciego, su trabajo de devastación.


El que juega con el tiempo

Él es el único que juega de verdad con el tiempo. Lo acorta, lo interrumpe, lo estira, lo enloquece, lo convierte en un objeto vibrátil. Él es el único que crea tiempos simultáneos, paralelos, tiempos que luego se pueden cruzar, anudar, destruir. Espirales de tiempo. Él es el único que mezcla los tiempos, les imprimir ritmos vertiginosos, los detiene en seco. Él es el que sopesa su profundidad, conoce el grado de conciencia de los seres arrojados sobre el filo de las horas. Él es el que, luego, los dejar caer y juega con las generaciones, las genealogías y las sagas. Él es el que convierte las horas en días y noches y años y siglos. ¡Míralo bien! Está sentado impunemente en su mesa, escribiendo, con la lamparilla encendida. Él es el narrador omnisciente, el que debe morir ahora porque tú y yo lo vamos a matar. Eso es lo único que no sabe.


adolfocanals@educ.ar

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