
Desde hace dos días, me duele en los ojos un viejo sentado en una silla de ruedas en el pasillo helado de un hospital. Estaba medio tapado con una frazada a cuadros rosas y marrones y con tres pelos locos volándole sobre la cabeza.
Solo estaba, yo pensé que ya llegaría alguien que lo acompañara, pero no llegó nadie en mucho rato.
No conté el tiempo, pero fue largo. En los hostipales siempre es así de eterno.
Yo no me sentía nada bien, la fiebre me tenía bastante magullado el ánimo y me costaba estar mirando a ver si alguien venía a estar con él, pero de tanto en tanto me daba cuenta que mis ojos, menos magullados que mi espíritu, lo estaban mirando.
No vino nadie, me refiero a un familiar, o alguien cercano, salvo dos camilleros que de manera entusiasta en un momento lo llamaron “López” y le avisaron que ya venían a buscarlo, pero siguieron de largo.
Y él se los quedó viendo desaparecer por el pasillo con la urgencia de la juventud entre los pasos.
De pronto me acordé del cuento de Eduardo Galeano, el de Doña Maximiliana, una anciana que llevaba días y días internada en un hospital y que cada día pedía lo mismo.
Que el doctor le tomara el pulso. El médico presionaba con sus dos dedos la muñeca y decía que muy bien, que setenta y ocho, que perfecto.
Ella le agradecía y luego se la escuchaba decir que si por favor le podía tomar el pulso.
Él volvía a tomarlo y volvía a explicarle que estaba todo bien.
Y así día tras día se repetía la escena. Cada vez que el médico pasaba por allí Doña Maximiliana lo llamaba y le ofrecía ese brazo seco, una y otra vez. (Galeano dice en el cuento, refiriéndose al brazo, “esa ramita”).
Como era un buen médico él obedecía, sabía que tenía que ser paciente con sus pacientes, pero en el fondo pensaba que la vieja era un plomo y que estaba un poco loca.
Termina el relato con una oración final punzante, que cuando la recordé mirándolo al viejo solitario, sentí una daga clavándome por el costado y no era el dolor de mis riñones.
Galeano termina diciendo, que el médico demoró años en darse cuenta que lo ella estaba pidiendo, era que alguien la tocara.
adolfocanals@educ.ar
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