
Perpetuame en un álbum de estampillas,
con un perfil de pájaro
y el loco filigrana de mi cuerpo
mojándote la lengua.
Saltame en un secreto de rayuela,
uno, dos, tres, y el cielo para siempre,
el cielo entre mis muslos ascendentes
como nubes redondas.
Salpicame con la sonrisa húmeda
de tantos carnavales,
acechame como a una mariposa
enferma de verano,
buscame entre corsarios,
entre indios,
entre cawboys lejanos,
entre tantos papeles amarillos
que salvé del naufragio:
piedra libre, y te doy un beso,
piedra libre y te doy las alas
para volar hacia esos días viejos
con horarios en blanco.
Escuchame en un disco de Los Beatles,
desovillá mi piel y remontame
a una espléndida altura de gaviotas.
Dibujame en un muro con las tizas
que robaste en la escuela,
un blando monigote que se rompe
cuando un ogro de viento
abraza su cintura temerosa.
Deletreame mil veces
y aprendeme,
multiplicá la savia de mis huesos,
que dos más dos sea mi nombre para siempre.
Arrastrame a tu infancia,
y, poco a poco,
en un instante de nuestro ayer.
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