
A lo largo de la vida vamos, sin a penas ser conscientes, atesorando un frondoso suelo cubierto de hojas secas.
Hojas que después de darnos todo su verdor y frescor, caen dando paso a brotes nuevos, que arraigarán en el árbol de nuestras existencia.
Hojas de juegos, de aprendizajes, de amores, de desamores, de encuentros, de desencuentros, de felicidades, de tristezas, de problemas, de soluciones...
Hojas caídas año a año, mes a mes, semana a semana, día a día, hora a hora, minuto a minuto...
Suelo de hojarasca formado a golpe de sensaciones y vivencias. Cúmulo de estaciones vitales.
Primaveras de florecimiento a la vida. Veranos de explosión de calor esencial. Inviernos de gélidas instrucciones.
Y donde queda el otoño?
Otoño, particular otoño existencial, donde al llegar el momento de evocar, tendremos miles de hojas donde elegir.
Alfombra de múltiples tonalidades, desde los ocres a los rojizos, de las peores a las mejores.
Otoño, caída de hojas, recogida de recuerdos de vivencias.
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