
Aquel extraño llegó una tibia tarde de invierno.
Caminaba y en cada paso marcaba el ritmo característico de la arrogancia.
Movía los hombros atropellándose las miradas de los más curiosos.
Respiraba saber, emanaba poder, asustaba.
Paseó tranquilamente por las calles del pueblo, reconociendo, buscando.
Encontró sólo puertas cerradas y ya cansado se sentó a su lado.
Intercambiamos suspiros ante manos vacías hasta que de pronto,
la miró.
Jamás reparó en ojos tan hermosos, tan profundos y expresivos.
Delineados con dolor, coloreados por vivir,
saboreados por quién sabe cuantas almas incautas que se atrevieron a pasar,
sólo pasar, ninguna de ellas su brillo dejó.
El extraño habló con voz calma.
Decidió no ser ajeno,
no ante esa mujer que no podía dejar de mirarlo.
Y le contó su saber.
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