jueves, 12 de marzo de 2009

Aquella niña.


Ella duerme en el cuarto de lámparas del faro o más bien en la torre torcida 
que hay en el corazón del bosque. 

De a ratos despierta y los cuervos la bajan a tierra y luego vuelven a subirla a su casa, sujetándola por las mangas de su vestido morado. 

La niña sólo extiende los brazos y se deja llevar.

Nadie sabe de qué se alimenta, cómo peina su pelo oscuro y brillante,
 cómo logra conciliar el sueño en esas noches heladas de la torre.

 Nadie sabe de ella, en realidad, pero tal vez sea mejor así.

Puede que su mayor sueño sea ser oída y por eso cante en las madrugadas, 
acompañándose incluso de algún instrumento.

 Sin embargo, si alguna vez resulta efectivamente ser oída, 
comprenderá que no era un sueño razonable.

Pero las noches en la torre eran largas como las huellas de los cuervos en la nieve.

 Había que ocuparlas en algo, de ahí la canción, de ahí el grito.

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