viernes, 19 de junio de 2009

MIEDO ME DAS

MIEDO ME DAS


Allá por mediados del siglo XIX, en Normandía, un individuo de cuarenta años llamado Félix Thorel interpuso una demanda contra el sacerdote local.

Thorel decía que éste le había acusado de brujería.

Y el párroco se vio obligado a explicar ante el tribunal las razones que le habían llevado a acusar a su vecino.

Según el sacerdote, Thorel tocó a dos niños y los muchachos quedaron endomoniados.

El 26 de Noviembre de 1850 comenzaron a oírse ruidos en el suelo de madera de su cuarto de estudio.

La intensidad fue aumentando y, al final, los sonidos se convirtieron en ensordecedores. Además, las mesas se movían, las tenazas y las palas de la chimenea saltaban y luego volvían a ponerse en su sitio, las puertas se cerraban y se abrían.

Así hasta que el cura acusó a nuestro protagonista de brujo.

La disputa entre estos dos hombres continuó durante años y es un perfecto ejemplo de la necesidad que tienen ciertos individuos de una reputación que cause temor.

Según las actas judiciales, Thorel ejecutaba alguno de sus trucos cada vez que el sacerdote dejaba de acusarle.

Nuestro protagonista quería ser considerado un brujo y no cejó en su empeño hasta conseguirlo: afirmó haber endemoniado personas, matado animales y destruido cosechas. Al final, acabó con el sacerdote en los tribunales.

El veredicto fue la absolución de éste (el jurado llegó a la conclusión de que no era delito acusar de brujo a alguien que lo era).

Es de suponer que la sentencia puso muy contento a Thorel, que pudo seguir manteniendo su fama y amedrentando a sus enemigos.
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Todos los seres humanos trabajamos activamente por controlar la reputación que tenemos.

Hay personas que cuidan sus palabras y sus actos para parecer buenas personas.

Hay otras que buscan resultar atractivas.

Hay quién cuida el morbo y la diferencia, hay quién quiere pasar desapercibido…

Y siempre ha habido y seguirá habiendo personas que quieren resultar poderosas.

En la época de Félix Thorel, la magia era una forma de dominio.

Hoy en día hay otras maneras de conseguir estatus, pero la reputación sigue siendo igual de importante.

Y, como ocurría en aquellos tiempos, la forma más eficaz de manipular la propia imagen es dar miedo.

La diferencia es que, en nuestros tiempos,
historias como las de Thorel solo nos sirven para echar unas risas.

Pero hay otros cuentos con los que algunos intentan amedrentarnos.

Y a veces funcionan.

(la web de psicoterapia de Luis Muiño)

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