viernes, 19 de junio de 2009

…Y CON EL MAZO DANDO.

…Y CON EL MAZO DANDO.


Moritz Schreber, médico alemán del siglo XIX, impulsó uno de los sistemas pedagógicos más rígidos que se conocen.

Sus teorías, basadas en la enseñanza de la jerarquía y la imposición de normas estrictas desde temprana edad, se hicieron famosas a partir del libro que escribió uno de sus hijos (“Memorias de un enfermo nervioso”) y de la adopción de sus postulados por parte de los nazis.

En el manual que Schreber escribió sobre la crianza de los hijos afirmaba:
Al niño ni siquiera se le debe ocurrir nunca que su voluntad pudiera ser controlada, sino que hay que implantar en él un habito de subordinar su voluntad a la voluntad de sus padres o maestros.”

En realidad, éste es el descubrimiento del reformador alemán: el castigo físico es eficaz para controlar a los hijos, pero inculcar el sentimiento de culpa y el hábito de la pasividad es mucho más productivo.

De hecho, leyendo sus obras, penetrando en el sistema de educación que nos propone, es fácil ver que lo que hizo Schreber fue institucionalizar y sistematizar un fenómeno que siempre se da dentro de todas las familias: la creación de tabúes.

Hoffine 1.jpg


La familia, además de trasmitirnos valores y enseñarnos conductas, nos dice qué es lo que podemos ver y qué es lo que no; en qué cuestiones podemos fijarnos y sirven como posibles temas de conversación y cuáles es mejor no tocar.

En principio, el tabú existe por una razón adaptativa: en todas las culturas hay temas que se evitan porque la sociedad no tiene estrategias para enfrentarse a ellos.

Ante esa indefensión, se generan estrategias del tipo de “de-esto-es-mejor-no-hablar”

Una de las funciones de la familia es enseñar a los niños las pautas de la cultura en la que ha nacido.

Todas las sociedades tienen una forma de comportamiento, unos ritmos y un lenguaje característicos.

Si el recién llegado no los conociera, chocaría continuamente con el mundo que le rodea.

La familia sirve para enseñarnos esas normas en un ambiente emocionalmente acogedor.

Y por eso todas las familias determinan, en primer lugar, lo que puede decirse.

Es decir, qué aspectos de la vida en común pueden mostrarse abiertamente y cuáles deben permanecer ocultos y negados.

Una vez conseguido esto, las familias enseñan normas a los hijos sobre qué palabras pueden utilizarse para hablar de estos temas y cuáles tienen una carga emocional demasiado fuerte.

Pero el poder que tienen los padres puede ser también utilizado para trasmitir a nuestros hijos muchas más cosas que unas mínimas normas sociales.

Sus caprichos, sus miedos y sus frustraciones entran, muchas veces, en el saco educativo.

Y corren así el riesgo de que sus hijos acaben aprendiendo tabúes que sólo existen para ellos y luchando contra fantasmas que ellos han creado.

hoffine 2.jpg


El problema, como ocurre muchas veces, es el abuso de autoridad.

Para muchos seres humanos, la motivación de poder es fundamental en sus vidas.

Si a estas personas se les concede la posibilidad de la casi omnipotencia,

usan el poder para desahogar sus frustraciones.

Éste es el problema del sistema ideado por Schreber:

concedía un poder absoluto tremendamente peligroso.

De hecho, el mayor de los hijos de Schreber enloqueció y terminó suicidándose.

El tercero, el autor del libro, tuvo un mejor principio: parecía que podría salir adelante y llegó a ser un eminente juez.

Pero al final sucumbió a la enfermedad y murió en un psiquiátrico.

Al poder le pasa como a otras drogas:

puede llegar a ser muy peligroso si se inhala.


(la web de psicoterapia de Luis Muiño)

No hay comentarios: