
Pensaba que aquella vez sería la última.
Aquella mañana se había levantado con la clara ilusión de no hacerlo de nuevo, de no sucumbir ante sus deseos y de al fin poder pasar un día y una noche sin hacerlo otra vez; se sentía como un adicto y tal vez lo era, sin embargo el peso de sus acciones ya le parecía más fuerte que cualquier resaca y tenia perfectamente claro cuál podía ser el resultado de sus felonías.
Esa tarde pensaba en que debía resaltar en su trabajo, tal vez no era mucho y el mundo no podía ser salvado con aros de cebolla u órdenes grandes de papas, pero ciertamente era lo mejor que tenia y lo podía mantener alejado de aquel impulso que sabía que lo conduciría a algún rincón oscuro del cual no podría salir.
En alguna ocasión anterior había pasado un par de meses sumido en la desesperación a causa de su falta de control; un día a día con la angustia de saber que llegarían por él, de que su vida cambiaria y empezaría a ser el resultado de la voluntad de otro, ya nunca más el, ya no más de su pequeño, pero modesto apartamento, ni de su querida Ana y mucho menos de Bruno, su perro.
Cada día suyo, era la repetición de una pesadilla que solo tenía fin al dormir, su cabeza le hacía juegos en los cuales el premio bien podía arrebatarle su propia vida, la angustia y la agonía eran pasos obligados de su camino al trabajo y de no ser por sus medicinas bien podría decirse que cada salida de su casa podía ser la última.
Al sostener la canastilla que escurría las frituras, pensaba en que hubiera sido de él si su voluntad en un principio no lo hubiera abandonado, si en aquella oportunidad no hubiera siquiera sentido la necesidad de aproximarse a eso.
Era probable que su vida no tuviera ningún futuro, pero eso no le interesaba, solo luchaba cada día por mantener el presente, por acumular un poco más de dinero para gastarlo al lado de su amada, para poder disfrutar de un día más, para sentir la brisa en la mañana al salir al balcón de su apartamento, para poder oler las naranjas en la mañana y los lirios de su vecina.
Su turno terminaba tarde, a una hora en que vagabundos y gatos luchaban por negar su participación en el teatro de la noche; una hora en la que el frío abrazaba a todos los transeúntes y amenazaba con congelar las conciencias; al salir de trabajar siempre buscaba a alguno de sus conocidos, uno tal vez de aquellos que se decían sus amigos porque les daba una ración especial con sus comidas, engordando su amistad con los grasosos entremeses que preparaba; al fin, diviso a Jacob con sus inconfundibles dreads y su actitud de gánster jamaiquino, el seria su chofer en esta madrugada.
Unas calles más y una conversación sin mayor sentido, unas calles dejándose contar al compás del reggae que destilaba aquel taxi con tapizado verde oscuro, el cual tenía en la guantera una bien exhibida bandera jamaiquina, así como también al lado de ella unas franjas bien conocidas del verde amarillo y rojo.
Al llegar a casa acompañado de Jacob y según le hacía saber siempre este último, por intersección de Jah’, encontró a su buen amigo Bruno apostado tras la puerta en busca de la mano cariñosa de su amo, que casi nunca venía sola; Y era que aunque el perro tenía su buena dotación de comida especial, sentía una debilidad por las papas fritas, las cuales su amo no podía dejar de traerle cada madrugada.
El turno de la noche era difícil por lo agotador que resultaba, sin embargo sabía muy bien que trabajaba menos que sus compañeros del día, además que de una u otra forma tenía la excusa perfecta para estar despierto en la noche, atento a eso y por supuesto dormir en el día en la seguridad de su apartamento, pero sabiendo también que en la mañana todo estaba mucho más calmado, aunque la calma augurara el desastre, tal cual como la primera vez.
Eran casi las tres de la mañana cuando llego por fin a la seguridad de su habitación, al confort de su cama y a la seguridad de su almohada.
Como todas las noches hizo la llamada de rigor antes de acostarse;
Sabía que le hablaba a una máquina y que ella se encontraba dormida, con la complacencia de la luna, con el arrullo del silencio en la noche.
Con la tranquilidad que a él tanto le atraía de ella, con su hermosa cabellera negra regada sobre la almohada, la sentía tan cerca al darle las buenas noches y dejarle el recado que correspondía al resumen de su infinito amor, acoplado a unos pocos minutos de la cinta en la máquina.
Observaba a Bruno a su lado mientras esperaba que el cansancio conciliara el sueño por él, sintiendo como su mundo se fundía con aquella calma especial de la madrugada, como la realidad hacia una pausa para que el pudiera pensar en muchas cosas, y ante todo dejar de lado todos sus temores y en especial escapar de de lo que sentía como inevitable, pero que pretendía que no pasara ese día, como lo esperaba cada día desde aquella primera vez.
El secreto lo consumía y le hacía la vida imposible en el diario vivir, era por eso que se había refugiado en lo banal, ya que el abismo en que se constituía su pensamiento lo abrumaba y lo conducía hacia un camino sin retorno, o tal vez con un único resultado: La locura.
Aquello que había experimentado la primera vez era suficiente para evitar que conciliara el sueño, era por eso que se levantaba a media mañana y se acostaba tras acabar con todas sus energías luego de un largo turno en su trabajo o incluso con la ayuda de una pastilla.
Allí entre las sabanas, entretenido pensando en lo hermosa que estaría ella al día siguiente cuando se vieran, allí en su habitación tenuemente iluminada, rodeado del frío y de su perro, en la compañía del silencio y de sus pensamientos; allí, eso empezó a resurgir...
La penumbra se volvió vacío, la oscuridad se hizo miedo y el temor invadió cada una de las fibras de su ser.
Poco a poco observó como en una esquina de su habitación una sombra tomaba la forma de sus pesadillas, se elevaba hasta el techo y danzaba con la forma en que el fuego de los aquelarres daba forma a los hechizos antiguos; algunos pensamientos de sentidos ancestrales, lechos de la muerte de dioses y reyes, tempestades de sangre, lágrimas y el desenlace de las almas condenadas a vagar cerca del lugar en donde fueron arrancadas de la tierra, despojadas de la vida…
El sobresalto había dejado a Bruno de nuevo despierto, pero algo llamó la atención del atento y fiel compañero.
Su amo yacía extrañamente acostado, aferrado a sí mismo en búsqueda de un confort ajeno a su vida adulta, sus ojos abiertos y delineados con sangre…
Ese día Ana escuchó un mensaje distorsionado y preocupante de Nestor en su contestadora, le decía que la amaba más que el día en que la había visto con el listón rojo, que su vida se reducía a aquellos momentos de felicidad a su lado, que todo lo bueno de la existencia se lo debía a su amor y que siempre la tendría en su mente.
Ella pensó que sería algún otro episodio de aquellos que el solía tener en esos días oscuros como el de la noche anterior…
Solo comprendió el sentido del mensaje hasta el final del día,
en otra noche del silencio.
¡¡¡ Hasta mañana !!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario