sábado, 18 de julio de 2009

Pato ... el que buscás es ...


Hablar ... callar.


Y, cuando hablar toca, hablar con alguien.
No hablar-a-alguien,
porque el otro no es un receptáculo sobre el que verter nuestras palabras.
Con. Siempre con.
Y dejar de hablar, para dejar hablar.
O sea: escuchar;
escuchar como un acto de reconocimiento hacia quien nos atiende,
y de amor, sí, no obstante, por qué no, incluso.

Después de todo,
tener alguien con quien hablar es un más que precioso regalo.
Poder hablar, pero también poder compartir los silencios.
Porque comunicarse vincula y nos hace personas plenas.
Sí: hablar, y hacerlo ahora contigo,
tecleando lo que mis labios casi imperceptiblemente insinúan...

Algo que me procura un enorme placer,
una entrañada alegría.
Saberte ahí y hablar; quién pudiera también escucharte...
Dicho lo cual, sonrío, que ya demasiado hablé,
que mejor me callo.

Aquel silencio...


Hubo un tiempo en el que amaba tus silencios.

Venían de ti, me llenaban, me sobrepasaban.
Amaba esa forma de decir lo que se dice con lo que no se dice,
esa silente rima que tus mutismos encadenaban.

Las mudas palabras que encendían el océano de tu mirada,
que estallaban olas en tus labios.


Amaba las sendas quedas que ribeteaban nuestros pasos,
cuando agarradas nuestras manos hablaban por nosotros.


Amaba... y eso bastaba...

Hasta que un día,
tu silencio abrió la brecha que rompió los cimientos del puente de la comprensión.

Fue entonces cuando supe que hubo un tiempo en el que amaba tu silencio...
y el silencios nos separó.

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