
Un estremecedor fragmento de “El abanico de seda”,
en el que la protagonista nos relata su doloroso proceso de vendado de pies, tradición china
“El dolor no se atenuaba.
¿Cómo iba a atenuarse?
En cualquier caso, aprendimos la lección más importante para toda mujer:
debíamos obedecer por nuestro bien.
Ya en aquellas primeras semanas empezó a formarse una imagen de lo que seríamos las tres cuando alcanzáramos la edad adulta.
Un día, mientras daba una vuelta por la habitación, oí un crujido.
Se me había roto un dedo del pie.
Pensé que el sonido era algo interno de mi cuerpo, pero fue tan fuerte que lo oyeron todas las que estaban allí.
Mi madre me clavó la mirada. - ¡Por fin adelantamos algo!
Seguí caminando, pese a que me dolía todo el cuerpo.
Al anochecer ya se me habían roto los ocho dedos que tenían que romperse, pero seguían obligándome a andar.
Notaba los dedos quebrados con cada paso que daba, porque bailaban dentro de los zapatos.
El espacio recién creado donde antes había habido una articulación se había convertido en un gelatinoso infinito de tortura.
El frío del invierno no había empezado a anestesiar las atroces sensaciones que atenazaban mi cuerpo.
Aún así mi madre no estaba satisfecha con mi docilidad.
Aquella noche mandó a Hermano Mayor traer un junco cortado de la orilla del río.
Durante los dos días siguientes me golpeó con él en la parte posterior de las piernas para que no parara..
El día que me cambiaron las vendas, sumergí los pies en el agua como de costumbre, pero esta vez el masaje para dar forma a los huesos fue más espantoso que nunca.
Mi madre tiró de mis dedos rotos y los dobló hasta pegarlos por completo a la planta de los pies.
En ningún otro momento percibí tan claramente el amor de mi madre.
-Una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida –repetía una y otra vez para inculcármelo bien- .
La belleza sólo se consigue a través del dolor.
La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento”.
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