
La editorial Minúscula publica los diarios inéditos del escritor alemán Friedrich Reck,
en los que relata antes de su muerte en Dachau el imparable ascenso nazi
Friedrich Reck no es un héroe.
No mató a Hitler cuando pudo hacerlo y pasó su vida tratando de mantener
sus privilegios de clase.
Había estudiado medicina pero nunca se sintió motivado para entregarse al ejercicio.
Con dos breves suplencias descubrió el campo de los diagnósticos erróneos
y el riesgo de la profesión.
Tenía 27 años de edad, era padre de familia y encontró en las haciendas de su padre
el mejor remedio para una vida sin preocupaciones como rentista.
Friedrich Reck fue un aristócrata misántropo que moriría en el campo de concentración de Dachau, dos meses y medio antes de ser liberado por las tropas aliadas.
Reck es un modelo de virtudes limitado, pero llevó con rigor la escritura de las estampas
del horror en un diario que terminó con el título de Diario de un desesperado,
en el que recuerda varios encuentros con Hitler de los que salió vivo.
Volvió a verlo otras veces, pero ya en 1932, el año en el que “Alemania empezó a tener fiebre”, se lo encontró en un local, se sentó junto a su mesa y ya se había convertido en un hombre poderosísimo.
Reck vuelve a la carga y entonces ve en el dictador “un Gengis Khan vegetariano, un Alejandro abstemio, un Napoleón sin mujeres, una miniatura de Bismarck que habría tenido que guardar un mes de cama si se hubiera visto forzado a tomar aunque sólo fuera uno de los desayunos del viejo Canciller de Hierro…”.
Ese día de septiembre había llegado en coche a la ciudad, Múnich.
Escribe que, como las carreteras eran ya bastante inseguras, llevaba encima una pistola lista para disparar. “En aquel local casi vacío habría podido hacerlo, sin más.
Lo habría hecho, si hubiera sabido el papel que iba a desempeñar ese puerco y los años de sufrimiento que nos esperaban”, se lamenta de no haber visto más que un “personaje de revista satírica”.
Y no disparó.
Se consolaba pensando en todos los intentos de atentados fracasados contra Hitler de los que ya por entonces se hablaba. Para Reck, recalcitrado en el catolicismo hasta sus huesos, Dios se había echado a dormir y se desentendía de la suerte del pequeño ogro.
Por esas leyes extrañas que rigen el mercado editorial, han tenido que pasar 62 años para que aparezca una edición en castellano de uno de los testimonios más rabiosos y contenidos contra el régimen nacionalsocialista.
La crónica de un alemán que contempla cómo los mejores alemanes que han sobrevivido, terminan prisioneros de un “rebaño de simios perversos”.
La visión de un aristócrata que vive en el campo, a unos kilómetros de la ciudad, y se retuerce por la degeneración de su país: “Alemania alberga hoy la chusma más infernal del mundo”, apunta. “Una chusma, quede claro, que no surge del proletariado, sino del pequeño funcionariado, de la escuela elemental, de los funcionarios intermedios de Correos…”.
Sin embargo, contra Reck también se puede extender un amplio pliego de faltas, la primera y más grave, haber omitido de toda esta panorámica de la destrucción de la dignidad alemana el genocidio judío.
Ni una sola apreciación a los campos de concentración en los que acabó, ni una sola nota a la monstruosidad de la idea de “la solución final”.
¿Es que no miró con atención?
¿Es que no vio nada extraño?
¿Cómo es posible que se le escapara su versión entre tantas y tantas visiones detalladas?
No se interesó por lo que era un atentado contra la humanidad, sólo vio un golpe a la tradición nacional.
Lo que contaba para Reck, según la historiadora Christine Zeile, era “la forma que él mismo le daba a su vida, la producción de una imagen vital extravagante por la que él mismo se dejaba seducir, pero con la que, ante todo, sabía que podía convencer a los demás”. Siempre sabía resaltar, en sus diferentes variantes, el hecho de que él pertenecía a la élite.
El escritor necesitaba exhibir su individualidad, su elevación sobre los indistintos “hombres masa”, su singularidad estética y moral. Entre los cientos de referencias filosóficas y literarias que apunta Reck a lo largo de sus recuerdos, asoma Ortega y Gasset y La rebelión de las masas.
“Le supliqué que caminara como los demás, que mirara como los demás, que se comportara como todas las demás personas.
Le rogué que se olvidara de sí mismo aunque sólo fuera por una vez, que dejara de contemplarse siempre y de preocuparse por el efecto que causaba”, recuerda su amigo el escritor austriaco Bruno Brehm en su libro El mentiroso.
Más tarde, Brehm se convirtió en un nacionalsocialista hasta los huesos y Reck en su enemigo odiado.
Lo que más lastimó a Friedrich Reck fue la carencia de toda ley moral y la falta de espíritu de los nazis. “Verdaderos enemigos de todo lo bello”.
Lo que más esperó Friedrich Reck es el juicio de la historia para arrancar la máscara a Hitler.
“Hemos tenido razón, hemos vencido a cambio de nuestros mejores años”,
se despide de su odio.
imperioromano
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