
Durante el siglo XVIII ya estaba bien establecida una disciplina científica bautizada
con el nombre de mecánica celeste.
Su objetivo era muy simple de formular y bastante complejo de responder: describir mediante ecuaciones matemáticas el movimiento de los planetas y de todos los cuerpos del Sistema Solar.
Con esta regla en la mano nos encontramos con una sorpresa: el número 24, que inicialmente le correspondería a Júpiter, no da la distancia adecuada. Para obtener la distancia de Júpiter hay que coger el siguiente, el 48, y para Saturno el 96.
O sea, que entre los números de Marte y Júpiter hay un agujero.
¿A qué correspondía el 24? Mientras se mantenía el misterio en 1781 se descubría el planeta Urano, que encajaba perfectamente en el siguiente número de la ley de Titius.
Esto hizo pensar a muchos astrónomos que realmente había un hueco
claro para el número 24.
La solución llegó el 1 de enero de 1801, cuando el monje italiano Giuseppe Piazzi
descubrió un nuevo objeto, el asteroide Ceres.
El hueco en la ley de Titius está ocupado por el cinturón de asteroides.
Sin embargo, lo que debería conocerse como la ley de Titius es más conocida como la ley de Titus-Bode o, simplemente, Bode.
Semejante injusticia histórica tiene su origen en la manifiesta mala fe del astrónomo alemán Johann Elert Bode.
Publicitó los cálculos de Titius sin mencionar su nombre y de este modo se aseguró
que sus colegas hablaran de las «tablas de Bode».
De este modo Bode puede alzarse con el dudoso honor de ser el primer astrónomo
de la historia moderna que se aseguró un puesto en la historia que no se merecía.
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