Érase una vez un fantasma tan torpe que decidió
llenar de puertas las paredes.
Pero cada nueva puerta que abría daba acceso a un cuarto
también nueva, rodeada de firmes tabiques como suelen estar
los cuartos.
Tan ocupado andaba el espectro rompiendo ladrillos,
ajustando tornillos y trasponiendo umbrales que pronto se olvidó
de su torpeza y hasta de su noble condición fantasmagórica.
A fuerza de tiempo hoy es un simple carpintero
cuya casa ha crecido tanto que ya es imposible
saber si estamos dentro o fuera de ella.

No hay comentarios:
Publicar un comentario