A veces hay que esperar a que todo termine y solo entonces
esperarlo todo, precisamente cuando ya no debería quedar nada.
Todo se inicia nuevamente.
Los Seres de Luz nos reunimos desde tiempo inmemorial allí
donde inicia el día, cuando el nacer de la luz permite enfrentarla quedando cegado.
Los Seres de Luz no somos una secta,
ni una asociación ni una red virtual.
Ni siquiera sabemos los unos de los otros.
No se nos reconoce fácilmente porque somos Luz
y vamos en silencio a recibir la Luz.
Nuestra liturgia como adoradores del sol es simple:
orientamos la mirada al saliente.
El motivo de la celebración:
el privilegio de estar, ni siquiera de existir.
Los Seres de Luz buscamos
lo que la luz devela.
Lo único que nuestro trato continuado
con el sol nos ha enseñado es que la luz del astro
oculta tanto como muestra.
Y en esta ocasión, como en tantas otras,
fue al mostrarnos al sol cuando se desveló la nube y reconocimos
en ella la pieza que sin querer andábamos buscando:
El contorno perfecto de la bisagra hecha
a la medida de los tornillos de la tierra.
Y entonces sí, el día se abrió sin ruido,
como una puerta recién engrasada.
Cuando la luz se hizo lo bastante densa
como para apoyarse en ella,
nos levantamos y nos fuimos caminando en voz baja.
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