viernes, 11 de febrero de 2011

¡¡¡ Este cuento NO se ha acabado !!!



 Había una vez un lugar en el espacio,
 donde la fantasía reinaba feliz y la magia trabajaba
 construyendo los sueños de los humanos.

Todo era tranquilidad hasta que un mal día,
 llegó una nave cargadita de dioses que decían traer la verdad consigo, dentro de sus bolsos de piel y de sus bolsillos diseñados 
por un delfín con alas .

 Así estaban las cosas, y así se habrían quedado si los humanos no se hubieran impregnado de la “realidad” que traían los dioses,
 los cuales llegaron muy juntitos y sonrientes, cuchicheando entre sí, pero luego se dispersaron, y cada uno se hizo con un montón 
de adoradores que los seguían a todas partes lanzándoles flores 
y besándoles los pies. 

Un día Torcido, así se hacía llamar uno de los dioses,
 cuyo cuerpo era inabarcable con la vista para ningún humano, susurró al oído de veinte de sus adoradores unas palabras
 y un objetivo:

 Lograr que todos los humanos lo adorasen a él.

 Quien se negase a cumplir con la misión, pagaría con su vida, 
así como ellos debían hacer pagar con la suya a aquellos 
que no accediesen a cambiarse a la fe “correcta”,
 la del dios Torcido.

Henchidos de orgullo ante la labor que su dios les había encomendado, los veinte adoradores de Torcido partieron 
cada uno en una dirección, con el fin de cumplir cuanto antes
 con la misión, pero encontraron rechazo y resistencia entre
 los adoradores de los otros dioses.

Inevitablemente, estallaron batallas simultáneas en todas partes,
 y aquel lugar, aquel mundo, que una vez había sido feliz y mágico,
 se vio pronto surcado por profundos ríos de sangre y llanto.

Un día, cuando ya apenas quedaba gente viva en el lugar,
 un niño preguntó a su padre malherido:

- ¿Dónde están los dioses?

Y los hombres que había alrededor de padre e hijo, 
se quedaron pensativos, tratando de recordar cuándo habían 
visto a su dios por última vez. 

Los dioses hacía tiempo que se habían ido, hacía tiempo 
que observaban a los humanos enredados en las guerras 
y disputas que ellos había iniciado.

Sentados en sus tronos, en la tranquilidad de sus cielos privados,
 se relajaban mientras jugaban al ajedrez o al truco 
y cuando se aburrían apostaban por qué humanos
 morirían antes y cómo.

Y colorín colorado…

 ¡Este cuento NO se ha acabado!

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