viernes, 11 de febrero de 2011

Todos lo saben...


Nadie sabe de dónde han venido, a dónde se dirigen.

 Nadie sabe qué buscan o qué, a quién, persiguen.

 En realidad, nadie los ha visto, pero todos sabemos que están aquí.

Irene, fue la primera. 
Se despertó y lo supo.

Después fue Carlos. 

El tercero, evidentemente, fui yo.

Hay gente que dice que algunos tenemos 
el don de percibirlos, de saber cuándo llegan.

Dicen también que tenemos el poder suficiente para descubrir
 cómo evitar que se queden para siempre.

 Dicen, incluso, que en nuestra mente, tal vez oculto
 en el subconsciente, nosotros, los agraciados con ese don, 
conocemos la forma de hacer que no regresen.

Irene, Carlos y yo.

Ya nadie en el pueblo nos llama por nuestro nombre,
 el anterior a ellos, a su primera visita.

Todos conocen a Irene como la número uno,
 a Carlos como el número dos, y a mí como el número tres.

El número tres.

Yo sigo llamándolos, a Carlos. y a Irene, por su nombre,
 por el de verdad.

No me gustaría que les pasase lo que a mí.

 No me gustaría que les pasase como al resto.

Nadie recuerda nuestros nombres, 
y yo sólo recuerdo dos.

Irene, Carlos.

Son las cinco.

 Desde mi casa observo el silencio, la quietud expectante
 de este viernes por la tarde.

 Viernes atípico, porque ellos están aquí.

 Todos lo saben. 

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