Bastará decir que soy militar de carrera y que cumplo órdenes sin cuestionarme las causas o motivos por las cuales me fueron impartidas.
No siento pudor en confesarlo pues nada hay de malo en este comportamiento y mucho menos en aceptar tajantemente que las consecuencias derivadas de mis acciones no son mi responsabilidad.
Así como un fusil, en esencia, es sólo un instrumento en manos de quien lo dispara, un soldado es simplemente otro armamento en poder de aquellos que planifica las acciones bélicas.
Si no pensase de esa manera no podría pertenecer a la milicia pues la duda no es un lujo que un hombre de armas pueda darse.
A mis superiores les corresponderá responder por sus decisiones
y a la historia juzgar si las mismas han sido acertadas.
En lo que a mi respecta, el único fin que me guiará hasta que la muerte
me sorprenda en el campo de batalla, es el de limitarme a ejecutarlas
con el mayor grado de éxito posible, sabiendo que la guerra es la madre
de todas las cosas y la respuesta a una necesidad histórica ordenada.
No espero que un civil pueda comprender lo que digo;
la crítica aflora fácilmente cuando se está sentado en la comodidad
del sillón de la sala mirando televisión.
¿Cuántos mantendrían esa actitud reprobatoria si fuesen ellos los que estuvieran jugándose la vida en cada rincón inhóspito del planeta?
Creen en la paz duradera, en la igualdad de los seres humanos y en tantos ideales absurdos sin entender que si disfrutan de cierto grado de tranquilidad es simplemente porque los soldados se aseguran de que así sea.
Tal vez sería prudente que supieran que aniquilamos a esos “seres humanos iguales” por el simple hecho de que son sus enemigos y que si tuvieran
la oportunidad, ellos matarían sin pensarlo a sus esposas e hijos
y se quedarían con todas sus pertenencias.
Así como el fuego que en el hervor transforma las aguas quietas en vapor, toda acción militar es el camino para despertar a los pueblos y sacudirlos
de su pereza.
Pero ellos no quieren saber de eso, ni de muertes y torturas;
sólo quieren ver televisión, levantarse por las mañanas
y conducir sus vehículos hasta sus trabajos.
Ignoran deliberadamente de dónde sale la gasolina de sus carros.
Ignoran que antes de ser un producto derivado del petróleo fue sangre.
Sangre que brota a borbotones de la cabeza del iraquí que acabo
de destrozar con mi M-16.

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