Tras muchos años de surcar espacios siderales,
cabalgar montañas, resolver entuertos, susurrar al oído
y disolver así viejas tempestades.
Pasados tantos días de batalla y confusión,
de éxodo y destierro, conquista y reconquista.
Una vez ya cansado y agotado de su eterno domicilio errante,
de su vagar sin camino ni tregua, notó crecer en el pecho
un deseo que siempre le había acompañado:
Vivir en plenitud.
No sentirse, como siempre, hecho de retales; fragmentado.
Y cuando aquella tarde de otoño despertó en amalgama
con una tormenta y ambos llovieron torrencialmente,
sintió que a ras de tierra era plenamente uno. Cielo y suelo,
agua y espejo, realidad y deseo.
Las nubes del cielo eran arbustos ligeros que preñaban de semillas
el adusto cemento.

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