sábado, 9 de abril de 2011

“La vie en rose”


Nació con el nombre de Edith Giovanna Gassion
hija de una cantante ambulante y de un acróbata de circo
 que la abandonó antes de que ella naciera. 

Su madre a punto de dar a luz, no alcanzó a llegar a la maternidad
 y Edith nació en plena calle debajo de una farola frente 
al número 72 de la rue de Belleville en París el 19 de diciembre de 1915. 

La mujer era demasiado pobre para criarla y se la entrega al cuidado de su abuela, quien en vez de tetero la alimentaba con vino,
 con la excusa de que así se eliminaban los microbios.

Una infancia y juventud de película, de peripecias.

 Sólo les puedo recomendar leer su autobiografía "Au bal du chance",
 y se darán cuenta de lo que les hablo.

Cuando apenas tenía cuatro años, una meningitis la dejó ciega,
 pero poco después recobró la vista gracias, según explicó su abuela, al devoto peregrinaje a la iglesia de Santa Teresita del Niño Jesús,
 en Lisieux, que la mujer hizo con su nieta.

Si los primeros años de la vida de Edith fueron difíciles,
 los de su adolescencia fueron peores. 

Cuando apenas tenía diez años su padre enfermó gravemente 
y la pequeña empezó a cantar por la calle, recogiendo las monedas que los transeúntes le arrojaban.

 En aquellas primeras actuaciones, Edith sólo cantaba la Marsellesa, 
el himno nacional francés, porque esa era la única 
canción que conocía.

Bueno, pero este post se llama Lecciones de amor
así que adentrémonos en su vida sentimental.

Edith a pesar de no ser precisamente una mujer guapa,
 y de medir apenas 1,53 m de estatura, 
era una de esas femmes fatale que emanan un encanto especial 
y que hacía que los hombres cayeran rendidos a sus pies.


Por su vida pasaron desde sus inicios pequeños rufianes, artistas callejeros y después hasta hombres famosos como Marlon Brando, 
Yves Montand, Charles Aznavour, o Georges Moustaki. 

Jugaba a deslumbrar, los conquistaba y los abandonaba.

 También sucumbieron a sus encantos el famoso campeón de boxeo Mercel Cerdan y actores como John Garfield. 

Incluso la famosísima Marlene Dietrich que le regaló 
un gran diamante por una apasionada noche de amor.

Edith y Marlene Dietrich
Edith seguía viviendo La vie en rose a pesar de un terrible accidente automovilístico en el que sufrió varias fracturas. 
Los médicos le prescribieron morfina, a la que rápidamente se hizo adicta.
“Durante cuatro años viví como un animal salvaje: 
no existía para mí nada más importante que mi inyección,
 esperaba con ansias el momento de aplicármela 
y sentir por fin el efecto de la droga”.

Piaf se inyectaba, a través de su ropa y medias, momentos antes 

de subir al escenario. 

La única vez que actuó sin morfina fue un desastre,
 y salió abucheada por su público.

También empezó a beber sin control y sus amigos intentaron
 que dejara ese hábito, llegando incluso a esconderle las botellas
 de alcohol, pero tampoco no funcionó. 

De todas formas su público la adoraba, pues era el ícono
 de Francia de la postguerra, una diva consagrada.


"No! no me arrepiento de nada.
 Ni del bien que me han hecho, Ni del mal, Todo eso me da igual!
 No! no me arrepiento de nada. 

Todo está pagado, barrido, olvidado...
 Me importa un bledo el pasado!
 Con mis recuerdos, he encendido el fuego, mis penas, mis placeres…
 Ya no los necesito!
 Barrí todos los amores y todos sus temblores, los barrí para siempre,
 vuelvo a empezar de cero. 
No! no me arrepiento de nada.
 Porque mi vida, Porque mis alegrías, Hoy comienzan contigo...

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