Mil años en un futuro, un ojo se separa del lente,
el universo lo eterniza todo, y un niño, en un planeta distante,
llora la extinción de la que siente su especie, mientras, llueve
(y un torrente de gotas suena, incansable)
sobre el cristal de su ventana en ese lejano planeta.
El astro, espera, a través del telescopio, recordándole,
que hace miles de años atrás, un planeta llamado Tierra,
giraba sobre su órbita mientras la vida se reproducía
sobre su superficie.
Las lágrimas ruedan por sus mejillas, como entender,
tanta desidia, tanto dolor, tanta miseria (y tanto amor)
en un pequeño planeta.
Entre sus diminutas manos, un holograma,
se lo dieron sus abuelos, ellos, que vivieron,
hace miles de años, sobre la faz de la Tierra, ellos,
que vieron morir las ballenas en las costas, sin razón aparente,
ellos, que lloraron la extinción de los lagartos, ellos,
que sintieron temblar la tierra sobre su eje, ellos,
que vieron, desde el cristal de una nave,
explotar lo que más amaban.
Tal vez, este niño, siga, tratando de entender el porqué de estas cosas, mientras, el astro inexistente, titila, desde el lente, como un recordatorio de tiempos más tristes, no, no deja que olvide,
que es descendiente de una raza, que ama, pena, suda, odia,
que tal vez, allá, en un punto equidistante, un planeta,
gira, muere, y espera.

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