miércoles, 27 de abril de 2011

Los espectros del fuego.



La muerte va con nosotros desde que nacemos, 
y sin embargo nunca acabamos de acostumbrarnos a su compañía. 

Me siento sobre la arena helada, tomo una antorcha y la arrojo con fuerza
 al corazón de hojas secas oculto bajo los leños. 

Los espectros se agrupan en torno del fuego y calientan sus huesos debajo
 de los harapos humeantes, insinuando un tácito acuerdo con mi presencia. 

Entretanto el mar guarda una distancia prudente.

Algunas sombras se arriman convocadas por la hoguera, 
buscando cobijarse entre el viento y la llovizna. 

Apenas se distinguen en la oscuridad. 

La hueste espectral se apiña al oír más pisadas en el lodo. 

Hablan con susurros y devoran los mendrugos mientras contemplan 
el oscilar nervioso de las lenguas de fuego.

La noche confirma su amenaza arrojando relámpagos que permiten distinguir la procesión de ánimas que deambula por la playa. 

Los espectros me observan con recelo; tensos, inquietos. 

Algunos se alejan hacia el pinar, 
aunque el sitio que vacían se cubre con nuevas presencias que recogen 
las migajas perdidas en el viento.

Gotas pesadas acallan los graznidos de las gaviotas. 

Los más obstinados resisten farfullando entre las chispas de un fuego
 aún vigoroso, pero la mayoría adivina un sendero seguro hacia el bosque.

Muy pronto me quedo solo entre los restos de mi hoguera derrotada. 

Los espectros, revueltos en tropel, se pierden detrás de los médanos castigados por la tormenta.

Una anciana de contornos decrépitos regresa de las tinieblas siguiendo 
su propia huella. 

Me observa en detalle, y así se queda, inmóvil,
 apenas iluminada por los leños rojizos a punto de expirar.

De pronto se revuelve y extrae una mortaja de lo profundo de sus harapos. 

Es blanca, cosida a mano. 
Una suerte de ofrenda, asumo. Luego la deposita en el suelo
 y regresa al bosque.

Entonces el fuego se extingue, finalmente. 
Y dejo de sentir su vigor en mi cuerpo. 

Y ya no estoy mojado.


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