Desde allí no podía verse el mundo,
aunque de vez en cuando se oían sus ruidos.
El andar lejano del ferrocarril,
las usinas de las fábricas y el motor de los automóviles.
Todo llegaba difuso, entremezclado en el viento.
Los días parecían eternos, y transcurrían inmersos en una opaca melancolía.
Los días parecían eternos, y transcurrían inmersos en una opaca melancolía.
El pueblo era un testigo mudo del devenir ajeno;
una comunidad solitaria que existía a través de la monotonía.
Respiraba, sí; pero solo por no tomarse el trabajo de morir.
La escasez de alimento era nada más que una de las tantas miserias que había que padecer.
La escasez de alimento era nada más que una de las tantas miserias que había que padecer.
Cada día la gente se moría extenuada de hambre y de trabajo,
y sin embargo todos desafiaban al futuro, dispuestos a enfrentar
el desahucio en nombre de un amor que en el fondo no sentían.
Era una relación compleja; incomprensible,
como la mayoría de las relaciones.
Una simbiosis con base en el arraigo,
y sostenida por la más cruel ausencia de imaginación.
El muchacho se paró a la vera de la ruta,
El muchacho se paró a la vera de la ruta,
dispuesto a abandonar para siempre aquel páramo,
harto de que la nada y sus múltiples derivaciones lo esclavizaran como a una bestia inculta.
Pero pronto se encontró acorralado por la desesperación,
y se arrojó a la carretera con el afán de interrumpir
un tránsito inexistente.
Sabía que su intento era inútil, pero quería agotarlo,
Sabía que su intento era inútil, pero quería agotarlo,
vivirlo en toda su dimensión, explorarlo como si de una idea virgen
se tratara.
No podía regresar a su casa sin antes haber hecho
todo lo necesario para modificar su destino.
No deseaba ser como los demás; entregarse entre suspiros;
guardar sus lamentos hasta la vejez.
Quería ser distinto, aun cuando solo fuera por la nobleza
de sus intenciones.
Pasó varios días solo con su obsesión, y ante el evidente fracaso escaló el terraplén y se recostó sobre las vías del ferrocarril.
Pasó varios días solo con su obsesión, y ante el evidente fracaso escaló el terraplén y se recostó sobre las vías del ferrocarril.
Ninguno de los habitantes del pueblo había llegado tan lejos.
Jamás.
Y aunque aquella fuera una hazaña sin testigos,
el hecho mismo era un paso gigante en dirección al mundo.
“Alea jacta est. Es el tren o el nunca más”,
“Alea jacta est. Es el tren o el nunca más”,
pensó.
De pronto se oyó el silbido de una locomotora,
De pronto se oyó el silbido de una locomotora,
se vio un humo negro e irrumpió un tren.
Y eso fue todo.
Su andar lejano llevó al pueblo los ruidos del mundo,
y el viento se robó los sueños que halló a su paso.
Nadie percibió los matices de aquella tarde distinta y trágica.
Nadie percibió los matices de aquella tarde distinta y trágica.
Y el nunca más se instaló en el pueblo para siempre.

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