La última pieza del puzzle no encajaba,
Porque no era la última.
Pensó que, con esa incertidumbre a cuestas,
era mejor dejar el rompecabezas abandonado.
Pero cuando lo hacía,
al día siguiente la pieza se había movido al lugar
del que había desaparecido en el anterior intento por encajarla.
Descartadas las anomalías como medio de locomoción,
sólo quedaba pensar que la pieza desaparecía sin más,
como la Luna cuando no la miramos,
pasando a formar parte de otro rompecabezas
vaya uno a saber qué hay otro Universo.
Después retornaba.
Eternamente retornaba.

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