
“Los indios y especialmente las indias, vieron en mí exactamente como si fuera uno de ellos, con la diferencia
de que por ser blanco, acaso necesitaba más consuelo que ellos y me lo dieron a manos llenas.
Pero algo de triste y de poderoso al mismo tiempo debe tener el consuelo que los que sufren dan a los que sufren más. Y quedo en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza: a las montañas,
a los ríos y a las aves. Y el odio que le tenían a quienes, casi inconscientemente y como con una especie
de mandato supremo, los hacían padecer. Mi niñez paso quemado entre el fuego y el amor”.