De la noche a la mañana, los colores ya no existían.
O más bien sólo uno, que a la vez era todos ellos.
Quedó el Todo y la Nada, la Presencia y la Ausencia, el Blanco y el Negro.
Al levantar la vista vi un ejército de blancas figuras frente a mí, desafiantes. Mi cerebro se negaba a aceptar esa nueva realidad, y esperaba despertar en cualquier momento de este sueño que comenzaba a tornarse pesadilla.
Sentí angustia y desazón al notar todas las miradas sobre mí, todos esos ojos azabache esperando una señal mía.
Entonces asumí lo que inconscientemente ya sabía y me despojé de todo recuerdo de mi vida anterior.
En la lejanía, una pequeña figura nacarada avanzó un paso.
No había vuelta atrás, la partida había empezado.
Yo era el Rey Negro, y tenía un ejército que dirigir.