sábado, 7 de febrero de 2015

A aquel soldado...


Estaban sepultando al soldado. 

A aquel que con atrevimiento corrió a campo traviesa entre el silbido
 de las balas de las ametralladoras y las explosiones de los obuses 
que levantaban mortales hongos de humo, tierra y esquirlas.

 Enterraban al simple soldado, uno entre tantos, 
el que cayera abatido al pie de la trinchera enemiga a la vista de varios compañeros que testificaron su arrojo y recomendaron 
después homenajear su osadía con una medalla.

El cortejo avanzó con parsimonia majestuosa entre los setos de tuya 
que bordeaban el sendero hacia el hoyo en que sería depositada la caja 
con el cuerpo del valiente.

 Un momento de inusual recogimiento, una pausa sostenida por la emoción
 de los que asistían al acto. 

El camposanto estaba regado de toscas
 cruces blancas.

Dejaron la caja en el suelo a la vera de la tumba recién abierta. 
El capitán, a quien una granada había volado el brazo derecho en los primeros escarceos de la guerra, se adelantó unos pasos 
y dijo algunas palabras sentidas. 

El que hacía las veces de capellán, por su parte, rezó un responso. 

Se echaba de menos el solo del clarín, 
pero es que ya no quedaban músicos.

El cadáver fue descendido a la tumba y el hoyo rellenado con los terrones
 de tierra que cada uno de los presentes, con solemnidad,
 fue arrojando sobre la caja mortuoria.

 El momento más emotivo de la ceremonia arrancó algunas lágrimas.

 Cuatro soldados que se encontraban hincados en tierra con sus fusiles apuntando al cielo fueron alineados y dispararon una salva. 

El héroe lo merecía, y mucho más.

El abuelo Tomás entró al altillo donde los tres nietos jugaban,
 los retó porque no habían respondido al insistente llamado a cenar e irascible, pateó la burda alameda de hojas de tuya, las crucecitas de escarbadientes y los soldaditos de plomo rodaron por el polvo, esta vez sin ninguna gloria.